1. No hay dos sin tres


    Fecha: 26/06/2019, Categorías: Intercambios Autor: Anónimo, Fuente: SexoSinTabues

    ... avasallada y a la vez excitada. La cabeza empezó a darme vueltas. ¡Alguien podría vernos! ¡Estábamos en medio del parque! Me susurró junto a la oreja: “Quiero comprobar si estás tan mojada como creo”. Y yo deseé que lo comprobara, en efecto. Siguió penetrándome con su juguetona lengua. Mientras, su diestra subió por mi pierna, bajo la falda. Incapaz de resistirme, le animé. Empecé a responder a sus caricias. Mis manos se metieron bajo su camisa, acariciando la piel con las yemas de mis dedos. Recorrí su espalda. Llegué a la cintura del pantalón. Él, por su parte, había recorrido mi muslo y se detuvo al rozar el borde de las bragas. Sus largos dedos me acariciaron entonces por encima del fino tejido. Me estremecí y respondió acercándome más a él. Sus labios descendieron por mi cuello. “Acaríciame”, susurró. Tomó mi mano y se la llevó a la entrepierna. Sentí su hinchazón, la palpé y, por primera vez, le oí gemir. Dejó de frotarme y, al fin, sus dedos se metieron bajo el elástico. Acariciaron mi vello, descendiendo hacia los labios. Comprobó que, en efecto, había humedad. No satisfecho todavía, uno de esos dedos se abrió camino, acariciándome más íntimamente. Iba a rozar mi palpitante clítoris cuando se apartó. Entonces reparé en que se nos acercaba alguien. Me miré los pies, muy avergonzada. Era el guardia. Lanzándonos una significativa mirada, nos hizo saber que iba a cerrar las puertas del parque. Más tarde, estando cenando con mis hermanos, escuché el zumbido del móvil. “El ...
    ... día que vengas a mi casa, ven bien rasurada. quiero comerte entera”, decía. Unos días después, me llevó a su casa. Me presentó a su pareja, Ana. Era una chica de veinte y pocos, pero muy madura para su edad. Yo me sentía incómoda, pues nunca había hecho nada semejante. Sin embargo, fueron muy agradables. En un momento dado, me quedé observando a Ana. Era menuda, de caderas estrechas, pero con grandes pechos. A juzgar por su conversación, era avispada y tenía carácter. Su belleza tenía algo de salvaje e indómito: piel morena, larga melena azabache, labios carnosos y hermosos ojos verdes. En cambio, yo era lo contrario: piel blanca y sonrosada, cabellos y ojos castaños. Yo poseía curvas generosas (excepto los pechos, más pequeños), pero mi carácter era más dulce, como de niña grande. Ana fue a la cocina y Luis y yo quedamos solos en el sofá. Mi mirada estaba perdida (viendo sin ver la pantalla del televisor), quizá preguntándome qué estaba haciendo allí. Entonces, Luis se me arrimó, reclinándome más hacia atrás. Me besó, con esa ávida boca suya que devoraba. Sus manos se metieron bajo mi falda. Se detuvieron por un momento, sorprendidas. No habían encontrado las bragas. No me las había puesto, pues él me confesó que eso le excitaba. Así que, sin barrera alguna, hundió sus dedos en mi interior. En ese momento reapareció Ana. Me envaré, muy nerviosa, aunque ella no se molestó en absoluto. Tomó asiento a mi otro lado. Luis siguió devorándome la boca y acariciándome el clítoris. Yo ...
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