1. No hay dos sin tres


    Fecha: 26/06/2019, Categorías: Intercambios Autor: Anónimo, Fuente: SexoSinTabues

    Nos conocimos en el supermercado, haciendo la compra. Me abordó, consultándome algo acerca del jabón para la ropa. Alto y muy delgado, moreno con canas, más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Me enfocó con la parte de su cuerpo más inquieta y chispeante: sus ojos. Mientras me hablaba, apenas apartó la vista del escote de mi blusa. Cuando me alejé, vi de reojo cómo saboreaba el contoneo de mis redondas caderas, enfundadas en una estrecha falda negra. Me pareció un viejo verde. Él me etiquetó de hipócrita y consentida (supe después). Pero. volvimos a coincidir. Tras varios encuentros “casuales”, él insistió en ofrecerme su número de teléfono, “para lo que se me ofreciera, a cualquier hora”. Con una sonrisa (y un poco de rubor) lo anoté. Para mi propia sorpresa, me sentí muy intrigada y bastante excitada. A mis casi cuarenta años, yo había tenido algunas relaciones, pero ninguna que fructificara en algo sólido. La verdad es que me había llevado bastantes decepciones y sinsabores con los hombres. A esas alturas, a menudo satisfacía mis ganas de sexo con la ayuda de un diligente y potente vibrador. Una de esas noches en la que mi sangre caliente ardía, estuve masturbándome durante largo rato, pero sin conseguir alcanzar el ansiado y satisfactorio orgasmo. ¿Qué me ocurría? Encima de la cama, con el camisón transparente arremangado, mi juguetito preferido ronroneaba entre mis piernas. Con su vibrante puntita me acariciaba el clítoris, dando vueltas alrededor de él. Al ...
    ... mismo tiempo, dos de mis dedos se metían entre mis labios, comprobando la pegajosa humedad creciente. En un momento dado, cuando el deseo de ser penetraba se hacía casi insoportable, metía los dedos en mi vagina, entrando y saliendo cada vez más rápido. Dejándome llevar por la ola del placer, metía otro dedo, y otro. Pero esa noche, me faltaba algo. Entonces, me acordé de él. Luis. Sentí el calor de su mirada penetrante y el extraño ofrecimiento que me hizo aquel día tomó sentido. Sin meditar mucho lo que hacía, busqué su número. Arrastrada por esa ola de deseo y calentura (aún no culminada), le envié un mensaje de texto: “Estoy en la cama, masturbándome. ¿Me acompañas?” Con la piel encendida y el coño palpitante, esperé su respuesta. No se hizo esperar. Mi móvil zumbó, anunciando un nuevo sms. “Te esperaba. Ahora tengo la polla entre mis manos”, me decía. Tras leer esas pocas palabras, un infierno se desencadenó dentro de mí. Imaginé y hasta llegué a visualizar su miembro. Estaría duro y erecto para mí. Me liberé del camisón, aunque era muy fino, porque de repente me molestaba. Me estrujé los duros pezones, ofreciéndoselos. Me abrí de piernas más que nunca, separándome los labios con los dedos, abriéndome para él. Él seguía enviando sms, provocándome y excitándome más y más. ¡Llegué a sentir su lengua entrando en mi vagina, tomando mi pegajosa y abundante miel! Loca de deseo, me penetré con el vibrador. Entró hasta el fondo, haciéndome sentir exquisitamente colmada. Solté un ...
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