1. Cuando nada está planeado


    Fecha: 13/05/2022, Categorías: Fantasías Eróticas Autor: femerba, Fuente: CuentoRelatos

    A veces la vida confabula para que las cosas sucedan de manera espontánea e imprevista. Andábamos de compras por un sector céntrico de la ciudad y, al salir de un almacén, mi esposa se encuentra de frente con su amante de color. ¡Hola!, saluda él. ¿Qué haces por acá? Necesitábamos unas cosas y vinimos de compras, contesta ella. ¿Y tú? Estaba por acá cerca haciendo diligencias varias y necesité dinero, así que entré acá para buscar un cajero, contestó él. Grata sorpresa; quién se iba a imaginar que nos íbamos a encontrar por aquí. Y ¿estás sola? No, mi esposo está conmigo, por ahí debe venir.
    
    Y, en efecto, cuando salía del sitio, los vi conversar a la entrada del local. Me resultó sorpresivo e incluso pasó por mi cabeza pensar que aquello no era fruto de la casualidad, sino que había sido acordado. Sin embargo, muy controlado ante la novedad, le saludé muy cordialmente. Hola, ¿qué haces por acá? Le decía a Laura que estaba por acá cerca haciendo diligencias y que entré aquí para buscar un cajero. ¡Qué casualidad! dije yo, porque si acordamos encontrarnos, alguna situación se presenta para complicar todo. Bueno, dijo él, es verdad, así ha pasado otras veces. Pero, en fin, pues hoy nos encontramos, de casualidad.
    
    Mi esposa estaba vestida normal, de calle, nada especial. Tampoco había una idea en mente, no era de noche, no estaba ella vestida como acostumbra para sus encuentros, así que nada hacía prever que este singular encuentro fuera a terminar en nada particular. ¡Les ...
    ... invito un café! ¿Tienen tiempo? preguntó él. Bueno, dijo ella mirándome, ¿por qué no? Okey, dije yo, pero dejemos los paquetes en el carro; yo los llevo. ¿Dónde van a estar? No, pues, mejor lo esperamos aquí, dijo él. Está bien, respondí. Ya vuelvo. Y me dirigí hacia los parqueaderos.
    
    Me tardaría unos diez minutos entre ir y volver, tiempo suficiente para que ellos hablaran de lo que fuera. Les encontré de nuevo y empezamos a caminar hacia algún lugar dentro de aquel centro comercial. Pronto vimos un local de Starbucks al cual, sin consultarnos, ingresamos. Wilson, muy educado, acomodó a mi esposa y me mostró la silla en la cual me podía yo acomodar e, instalados en nuestros puestos, pedidos café, unas tortas, y empezamos a conversar.
    
    Entre hablar del clima, de la cantidad de gente que frecuentaba aquel lugar, de lo caro que era todo en ese Centro Comercial y demás, resultamos hablando de las parejas de jóvenes estudiantes que, uniformados, veíamos cruzar frente a nosotros. Debe haber algún colegio mixto por aquí cerca, porque todos estos andan emparejaditos. Yo estudié en colegio para varones y, si fuera yo, estaría andando con el grupo de compañeros. Si, dijo él, lo que pasa es que han inaugurado unos motelitos por acá cerca y ellos van o viene de allá, por eso las parejitas. ¿De verdad? pregunté. Si, dijo él, pudiéramos darnos una vuelta para detallar la cosa. No hay necesidad, dije yo. Pero podríamos darnos una vuelta, dijo mi esposa; para conocer.
    
    La verdad, no ...
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