1. CÓMO ME CONVERTÍ EN UN CORNUDO PENDEJO


    Fecha: 09/10/2019, Categorías: Infidelidad Tus Relatos Autor: Cornudo Pendejo, Fuente: RelatosEroticos-Club

    "Cornudo" y "Pendejo", dos palabras que ningún hombre quiere adjudicarse; sin embargo, poco antes de los treinta años caí en la cuenta de que soy ambas cosas y que, además, seguiré siendo lo uno y lo otro hasta el final de mis días. Sí, soy un cornudo y un pendejo, negarlo sería como tapar el sol con un dedo o engañarme a mí mismo. Para ti que me lees,  sé que te queda claro que soy ambas cosas y conforme vayas avanzando en este relato posiblemente pensarás que autonombrarme Cornudo y Pendejo es poco para lo que realmente soy.
    
       Desde muy pequeño me di cuenta de que mi pene no era normal; su pequeñísimo tamaño contrastaba con el de niños de mi edad; además, cuando entré a la pubertad noté que, a pesar de que me excitaba, no lograba tener una erección. En pocas palabras, desde siempre he sido de pene minúsculo (mide tres centímetros) y además impotente, por lo cual en mis cuarenta y tantos años de vida nunca he podido penetrar a una mujer. Muchos, apiadados de mi carencia de hombría y de mi patética situación, me sugieren especializarme en procurar placer con las manos y la boca; no obstante y para acabarla de amolar, también soy sumamente torpe y, cuando he intentado masturbar o lamer a una dama, acabo lastimándola o, en el mejor de los casos, aburriéndola con mis inocuas caricias. Por esa razón, tuve muy pocas novias y quienes se animaron a andar conmigo pronto se dieron cuenta de que como hombre no servía para nada, terminando por dejarme a los pocos días.
    Escrito por el Cornudo Pendejo
       La falta de experiencia, pues ninguna quería nada conmigo, aunada a que mis genitales sólo sirven para orinar, reforzaron mi condición de poco hombre y quizá el peor amante que haya existido jamás. Yo mismo me cansé de buscar a mi media naranja, hastiado de tantos rechazos e, incluso, burlas por parte de las chicas a quienes pretendía. Los chismes corren más rápido que la luz y mi fama de impotente y pito chico pasó a ser del dominio público; podía escuchar las risas a mis espaldas y las miradas socarronas de hombres y mujeres, mismas que aprendí a ignorar o, simplemente, a hacerme de la vista gorda. Finalmente, si me tachaban de tener un micro pene de ridículo tamaño o de pito inservible no hacían más que decir la verdad.
    
       Me recibí como periodista y, al salir de la universidad, tuve varios trabajos como ayudante de redacción o corrector de estilo, hasta que logré contratarme en una publicación semanal como reportero. Ahí fue donde la vi por primera vez. El amor de mi vida...
    
    La miré de espaldas, sentada en una de esas sillas de oficina que sólo tienen un tubo que une el respaldo con el asiento, por lo que la cintura y parte de las nalgas de quien se sienta quedan a la vista de cualquiera que se pose detrás. Era imposible despegar los ojos de su redondo culo, un par de enormes y generosas nalgas que descansaban en ese cojín que apenas lograba acapararlas. Ese imponente nalgadar contrastaba casi de manera imposible con la breve cintura de la ...
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